Arrancas el ordenador, te aparece el escritorio de Ubuntu o Debian y das por hecho que estás usando “Linux” a secas. Lo dice todo el mundo. Pero hay una vieja discusión, tan tozuda como cariñosa, que salta cada vez que alguien se atreve a llamar Linux al sistema entero: en realidad deberías decir GNU/Linux. Y detrás de esa barra hay casi medio siglo de historia que conviene conocer.
El sueño de un sistema libre
En septiembre de 1983, un programador del MIT llamado Richard Stallman anunció en Usenet que iba a construir un sistema operativo completo, libre y compatible con UNIX. Lo bautizó GNU, un acrónimo recursivo que significa “GNU’s Not Unix” (GNU no es Unix). El desarrollo arrancó de verdad en enero de 1984.
Stallman estaba harto de un mundo donde el software venía cerrado, sin acceso al código fuente, y donde compartir un programa con un amigo podía considerarse delito. Quería justo lo contrario: un sistema que cualquiera pudiera usar, estudiar, modificar y compartir. En marzo de 1985 publicó el Manifiesto GNU en la revista Dr. Dobb’s Journal, y ese mismo año, el 4 de octubre de 1985, fundó la Free Software Foundation (FSF) para sostener el proyecto.
Las cuatro libertades del software libre
Todo esto se sostiene sobre las llamadas cuatro libertades. Para que un programa sea “software libre”, tiene que garantizar a quien lo usa:
- Libertad 0: ejecutar el programa como quieras, con cualquier propósito.
- Libertad 1: estudiar cómo funciona y adaptarlo a tus necesidades (esto exige acceso al código fuente).
- Libertad 2: redistribuir copias para ayudar a otras personas.
- Libertad 3: distribuir versiones modificadas, de modo que toda la comunidad se beneficie de tus cambios.
Fíjate en que la numeración empieza en cero. No es una excentricidad de programadores: la libertad de ejecutar el programa se añadió más tarde y se consideró tan básica que la pusieron delante de las demás, que ya estaban numeradas del uno al tres.
Para proteger estas libertades, Stallman ideó un mecanismo legal brillante: el copyleft, plasmado en la licencia GPL (GNU General Public License). La idea es sencilla y astuta: usa el propio copyright para que el software siga siendo libre. Si modificas y redistribuyes un programa con licencia GPL, tus cambios tienen que quedar igual de libres. Nadie puede “cerrar” lo que era abierto.
GNU lo construyó casi todo… menos una pieza
Aquí viene el dato que mucha gente desconoce. A lo largo de los ochenta, el proyecto GNU fue ensamblando, una a una, las piezas de un sistema operativo completo. Y no piezas menores: hablamos de herramientas que hoy siguen siendo el corazón de cualquier sistema tipo UNIX.
El compilador GCC, con el que se compila buena parte del software del mundo. Las GNU Core Utilities (coreutils), esos comandos como ls, cp o cat que usas sin pensar. El intérprete de comandos Bash, el editor Emacs, la biblioteca C glibc, el depurador GDB… Una cantidad ingente de trabajo que conformaba prácticamente un sistema operativo entero.
Prácticamente. Porque faltaba la pieza central: el kernel, el núcleo que habla directamente con el hardware y coordina todo lo demás. GNU tenía su propio kernel en marcha, GNU Hurd, en desarrollo desde 1990. Pero Hurd salió endiabladamente complejo, basado en un diseño de micronúcleo que dio problemas durante años. Nunca llegó a estar listo para el gran público. En 1992 el resto del sistema GNU estaba ahí, esperando un corazón que no terminaba de latir.
Y entonces llegó Linux
En 1991, un estudiante finlandés de 21 años llamado Linus Torvalds se puso a programar, casi por hobby, un kernel para su ordenador personal. Lo llamó Linux. En 1992 lo liberó bajo la licencia GPL, justo la que la FSF había creado.
La combinación encajó como un guante. Por un lado, todo el sistema GNU al que solo le faltaba un núcleo. Por otro, un núcleo que funcionaba pero al que le faltaba todo lo demás. Al juntarlos nació el primer sistema operativo hecho enteramente de software libre. Las primeras distribuciones (como las que desembocarían en Debian o Slackware) no eran otra cosa que GNU + Linux empaquetados y listos para instalar.
Entonces, ¿Linux o GNU/Linux?
Aquí está el meollo del debate. Stallman y la FSF defienden que llamar “Linux” al sistema completo es injusto: Linux es solo el kernel, una pieza imprescindible pero una pieza al fin y al cabo. El grueso del sistema (compilador, utilidades, shell) es GNU. Por eso piden el nombre GNU/Linux, para reconocer ambos esfuerzos.
Enfrente, mucha gente argumenta que “Linux” se impuso por costumbre, que es más corto y que hoy se incluye muchísimo software que no es ni GNU ni del kernel. Distribuciones como Alpine Linux ni siquiera usan las coreutils ni la glibc de GNU, y aun así se llaman Linux.
No hay una respuesta “correcta” definitiva: es en parte técnica y en parte política. Pero conocer la historia cambia cómo miras tu escritorio. La próxima vez que abras una terminal en Fedora o en Arch y escribas un comando, recuerda que tecleas sobre cuatro décadas de trabajo de dos comunidades distintas que, sin proponérselo del todo, acabaron construyendo juntas el software libre que mueve hoy buena parte del planeta.
