Unas distribuciones presumen de modernidad y otras presumen de carácter. Slackware está de lleno en el segundo grupo: nació en 1993 y es la distribución Linux más antigua que sigue en desarrollo activo. Han aparecido y desaparecido decenas de proyectos a su alrededor, y ella ha mantenido casi intacta su forma de entender el sistema operativo. Esta es su historia.
Un proyecto universitario que cambió las cosas
A finales de 1992, Patrick Volkerding estudiaba en la Moorhead State University y necesitaba un intérprete de LISP para una asignatura. Vio que CLISP funcionaba sobre Linux y se descargó SLS (Softlanding Linux System), la distribución más popular del momento y la primera que ofrecía algo más que el kernel: traía X11, redes TCP/IP, UUCP y GNU Emacs.
Volkerding se puso a corregir fallos y a pulir aquel sistema para sí mismo. Cuando publicó un mensaje preguntando “¿Alguien quiere un sistema tipo SLS basado en 0.99pl11A?”, la respuesta fue tan entusiasta que decidió empaquetarlo y repartirlo. La versión 1.00 salió el 17 de julio de 1993, en veinticuatro disquetes de 3½ pulgadas. Fue la primera distribución Linux que alcanzó un uso de verdad masivo.
De SLS a una identidad propia
Slackware partió de SLS, pero enseguida trazó su propio camino. Volkerding quería un sistema coherente, predecible y fiel a la tradición UNIX, sin las capas de automatización que, según él, esconden cómo funciona realmente todo por dentro. Esa decisión marcó el carácter de la distribución durante las décadas siguientes.
El nombre, con ese tono desenfadado que viene del “Discordianismo” y de la idea de “slack” (holgura, despreocupación), chocaba con una ingeniería interna tomada muy en serio. Slackware nunca buscó ser la distro más fácil. Buscó ser la más limpia y transparente.
La filosofía: simplicidad al estilo UNIX
El principio que guía a Slackware es la simplicidad, pero la del diseñador, no la del usuario que empieza. Aquí “simple” quiere decir que el sistema no añade complejidad oculta: no hay herramientas de configuración que reescriban tus ficheros ni capas mágicas entre tú y la máquina.
Eso se ve en su arranque BSD-style init, donde cada nivel de ejecución se controla con un único fichero rc, en vez de los múltiples directorios y scripts del estilo System V que usan distribuciones como Debian o Ubuntu. El resultado es un arranque que cualquiera puede leer y modificar con un editor de texto. Slackware tampoco se pasó a systemd y se quedó con su esquema de siempre cuando muchas otras migraban.
pkgtool: paquetes sin dependencias automáticas
Lo que más choca a quien viene de Fedora o de un sistema con apt es que Slackware no resuelve las dependencias por ti. Sus herramientas pkgtool, installpkg, removepkg y upgradepkg instalan justo lo que les pides, ni más ni menos.
No es un descuido, es una decisión filosófica meditada. Volkerding ha defendido que la resolución automática puede meterte en el temido “dependency hell” de conflictos de versiones y dependencias circulares. La apuesta de Slackware es que el administrador tenga el control total y que, instalando la distribución completa (lo recomendado), la mayoría de los líos de dependencias desaparezcan solos porque el conjunto está pensado como un todo. Quien prefiera comodidad tiene herramientas de terceros como slackpkg o slapt-get, pero nunca han sido obligatorias.
Estabilidad legendaria y un ritmo pausado
Slackware tiene fama de conservadora. No va detrás de las últimas versiones de cada paquete, sino de las que han demostrado aguantar bien. Por eso gusta tanto en servidores y en entornos donde la fiabilidad pesa más que la novedad.
Su calendario lo dice todo: la versión 15.0 salió el 2 de febrero de 2022, más de cinco años después de la 14.2, con el kernel Linux 5.15, KDE Plasma 5.23 y Xfce 4.16. Donde otros publican cada seis meses, Slackware publica cuando está lista. Esa cadencia, que frustra a algunos, es justo lo que valoran sus seguidores.
Su huella en otras distribuciones
La influencia de Slackware va mucho más allá de sus usuarios. Las primeras versiones de SUSE, hoy openSUSE y la empresarial SLES, nacieron directamente de Slackware. Esa genealogía la coloca en la raíz de toda una familia de distribuciones europeas de muchísimo peso. También ha inspirado proyectos con un espíritu minimalista y artesanal parecido, como Gentoo o Arch, donde el usuario vuelve a estar en el centro de las decisiones.
Por qué Slackware sigue importando
En un mundo obsesionado con automatizar cada paso, Slackware defiende algo que nunca pasa de moda: entender tu propio sistema. No es la distribución más cómoda para empezar, y desde luego no compite en facilidad con Linux Mint ni con las grandes opciones de escritorio, pero te da algo difícil de encontrar: transparencia total y más de tres décadas de continuidad.
Slackware no necesita reinventarse para seguir siendo relevante. Que siga viva, fiel a los principios de 1993, ya demuestra que la simplicidad bien entendida envejece de maravilla.
